miércoles, 20 de enero de 2021

Relato: De pedacitos de ti - Nerea M.

 

Oficialmente se llamaba Flavio D'angelo, pero nosotros en clase le llamábamos «profesor» (ni maestro ni Flavio) con todas las consecuencias que ello conllevaba. Aquel cabello rubio, cortado al estilo seta, que centelleaba incluso con la luz macilenta de los días de invierno, reflejaba a la perfección su constante y casi enfermizo estado de ánimo. No voy a decir que parecía un niño porque sería mentir, pero cuando fijaba los ojos en ti (o en mí, como es el caso), te transmitían un frenesí tan descontrolado que terminabas arrastrado por él y por la pregunta catalizadora que siempre lanzaba al aire nada más cruzar el umbral del aula; tan hondo y profundo como el color índigo de sus ojos.


—Dime, Elena —dijo el primer día mientras oteaba la pantalla de su portátil, colocado estratégicamente en la mesa de tal manera que en vez de ver la tapa trasera del portátil, lo único que veíamos era el teclado, a la par que me preguntaba en cómo podía escribir así, de manera tan poco, digamos, “natural” —, ¿Sabes lo que es un homo economicus?


Recuerdo que por mi cabeza pasaban demasiadas cosas a la velocidad de la luz, como en el por qué tenía tan mala suerte en esta vida, ¿Es que acaso no habían más nombres en clase? ¿Por qué yo, y no cualquiera de mis otros treinta compañeros? Pero lo único que hice fue carraspear. No había que ser adivino para ser capaz de ver la vergüenza que me escalaba las orejas.


Todos eran unos extraños, pero sobre todo él. Nunca había querido verlo, pero la rivalidad y la condescendencia entre institutos era algo casi tangible. ¿Sabría él que venía de un colegio diocesano? No, pero seguro que mis compañeros sí. Ya casi podía escuchar sus burlas por llevar uniforme hasta los dieciséis años. Para el profesor no era más que un número en un pdf, pero no desistió. El silencio que provocó fue estático y tenso; su mirada no se desvió en ningún momento. Terminé susurrando un “no lo sé” y volví a cobijarme entre la cortina de mi flequillo, y apoyando la cabeza en mi mano, me coloqué el auricular en el que sonaba por lo bajo una canción de El canto del loco.


—No pasa nada —me dijo, y sus labios mostraron la primera sonrisa de muchas, cálidas y reconfortantes como un abrazo; pero no se quedó ahí —, pero mañana te volveré a preguntar.


Mañana, pasado, al otro… No sé cuántas veces lo hizo. A veces salteaba las preguntas entre el resto de mis compañeros pero yo sabía que me miraba de reojo, como si dijera “hoy paz y mañana guerra”. Las treguas duraban poco, no paraba de preguntar. Era como quien cogía una flecha del carcaj y la lanzaba al aire. Donde caía, había caído, y estabas perdido si no lograbas responder a la primera, y yo era prueba de ello.


Con el tiempo te dejaba en paz. Tocaba dar otras cosas y él presuponía que habíamos aprendido la lección. ¿Sabéis lo que es una empresa? ¡Crash! El impacto de la flecha sobre alguien; ¿Y los tipos que existen? Crash; ¿Qué me decís de los balances y del Plan General Contable? y ¡Ah! ¿Qué tal si hacemos el examen el jueves? Crasshh, esa fue brutal. Las mandíbulas sonaron al colisionar contra el suelo.


—¿Este jueves? ¿Estás loco? ¡Eso es dentro de dos días!


Era un gallinero. Todos se quejaban y alzaban su voz a grito. Era como cuando nos comenzó a enseñar los gráficos de la oferta y la demanda del mercado y hablaba de la escasez de trigo. Que, por cierto, ¿Qué pasaba en ese caso con el precio?


         —¡Eso no puede ser! Tenemos examen de la Revolución Francesa el mismo día.


         —Pues entonces no seáis gabachos y estudiad, mis pequeños procrastinadores. Ya veréis cómo lo hacéis bien.


         Más gritos, más réplicas… y el sonido de la campana marcando el inicio del primer recreo. Lo primero que nos enseñan al entrar en bachillerato es el respecto… y que el profesor siempre tiene la última palabra. El sonido de fin de clases es algo simbólico, aunque, para el caso del profesor, no solo fue su salvación, sino que recogió a toda pastilla sus pocas pertenencias y salió escopetado, dejando a la clase, quizás, boquiabierta… mucho más de lo que ya estaba.


         —¡Nos vemos el jueves, fauna!


         Mi profesor era un condenado cachondo. Así, sin más, porque no se le podía definir de otra manera. Solía decir que el trabajo diario y el esfuerzo constante nos salvarían el culo. Y, como muchas otras veces, tenía razón. Con sus insistentes y casi tediosas preguntas al aire consiguió varias cosas conmigo: la constancia, la gratificación de un trabajo bien hecho y el dejar de esconderme al final de la clase, entre mis dudas y miedos; de mí.


         Voy a ser clara: nunca fui buena estudiante aunque en los últimos años sacara buenas notas, y sigo sin considerarme como tal, aunque por él, por mi querido profesor D'angelo, haya elegido el camino por el que hoy transito. Por eso, quizá, cuando la última tanda de la Ley Wert fue a examinarse de selectividad y yo les vi marchar al Campus de Fábrica de Armas de Toledo; mientras toda la rabia y frustración me invadía como el peor de los males, me acordé de él, de los valores que me inculcó su forma de enseñanza tan poco ortodoxa, y decidí que nadie iba a decidir por mí. Si me tenía que dejar los sesos, lo haría; si tenía que dejarme el cuerpo y el alma, despellejada en el proceso, lo haría. Ese mismo día él me vio, y me dijo: tienes que ser fuerte.


         —¿Y por eso fuiste? ¿Para despedirle? —me preguntaste. Yo te miré a los ojos y te contesté:


         —Mi profesor no ha muerto, está aquí —dije, señalándome con el dedo índice el lugar donde late vigoroso mi corazón — conmigo, a cada paso que doy.


#MiMejorMaestro

domingo, 8 de noviembre de 2020

Reseña #113: La Crisálida - P.C. Crespo-Llabrés


Por primera vez en la historia de la humanidad, todos los dirigentes estaban de acuerdo para que ningún virus, con o sin corona, volviera a someter al planeta.
 
Y así, cuando la vacuna ya se suministraba por todas partes, asistimos al nacimiento mundial de “La Crisálida”. No hubo lugar a protestas ni a quejas, aceptamos por “el bien común”. Y porque la decisión ya estaba tomada. 

Hola, me llamo Andrea y ésta es mi historia… o la de Ella.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Reseña #112: La chica evanescente - Laura Thalassa



Cada noche, nada más quedarse dormida, Ember Pierce se volatiliza. Puede teletransportarse a cualquier rincón del mundo: a Londres, a París, a la habitación del chico que le gusta… o a donde la lleven sus sueños. Solo dispone de diez minutos en cada destino y, cuando ese tiempo se agota, regresa a su cama. Ha logrado mantener su superpoder en secreto los últimos cinco años, pero ahora alguien lo ha descubierto y viene en su busca. 

Cuando el guapísimo Caden Hawthorne le coloca las esposas para entregarla a las autoridades y desaparece ante sus ojos, Ember se da cuenta de que no está sola: hay más teletransportadores como ella, utilizados por el gobierno para misiones ultrasecretas, cada vez más arriesgadas. Cuando Ember se ve obligada a participar en dichas misiones como compañera de Caden, surge entre ambos una química irresistible: Caden resultará ser una figura clave para no dejarse la vida ni el corazón en el intento.

domingo, 25 de octubre de 2020

Reseña Conjunta #111: Opposition + extras - Jennifer L. Armentrout

 


domingo, 18 de octubre de 2020